Durante mucho tiempo, demasiadas mujeres vivieron en el silencio. No por falta de ideas, de palabras o de arte, sino porque el mundo —ese que se construyó con voces fuertes y reglas ajenas— no las quiso escuchar. Se hablaba de ellas, pero pocas veces se les dejaba hablar. Pintaban, escribían, soñaban, y aun así sus obras quedaban guardadas en cajones, firmadas con seudónimos, o borradas por el paso de una historia escrita por otros.
El silencio no siempre es falta de sonido. A veces es una mirada que no se toma en cuenta, una opinión interrumpida, una obra que no llega a publicarse, una canción que nunca se canta en voz alta.
Pero algo hermoso está pasando hoy.
Cada vez más mujeres están tomando la palabra, los pinceles, los instrumentos, la cámara, y están diciendo: «Aquí estoy. Esto es lo que veo. Esto es lo que siento. Esto es lo que callé durante años.»
Y lo más poderoso es que no lo están haciendo solas.
Muchas mujeres están abriendo espacio a otras. Ceden su lugar un rato, comparten su micrófono, levantan la voz por quienes aún no se atreven, o simplemente escuchan sin juzgar. Esa generosidad, a veces silenciosa pero tan fuerte, está transformando el arte y la sociedad. Cuando una mujer se siente vista por otra, florece. Cuando una dice “yo también”, otra encuentra valor para decir “yo estoy aquí”.
El arte está siendo el canal, el lenguaje común. Se expresa a través de él, en todos los géneros posibles, si hablamos de pintura, teatro o poema, escultura o … ¿Qué nos dicen? todo. El dolor, la ternura, la rabia, la identidad, la perdida… el miedo la vergüenza se queda a un lado mientras la vida se hace eco y deja de crujir.
¿Por qué fueron silenciadas?
Por miedo. Porque una mujer que habla, que crea, que cuestiona, incomoda. Porque por siglos se creyó que lo que ellas vivían no era importante, que sus emociones eran exageradas, que sus cuerpos eran para otros, no para ellas mismas. Porque el poder siempre temió lo que no podía controlar.
Pero ya no.
Hoy muchas mujeres están hablando por ellas, por sus madres, por sus abuelas, y por aquellas que aún no nacen. Y eso cambia todo.
Porque cuando una mujer se expresa, no solo se libera ella: abre camino. Cuando una es valiente, otra se siente un poco menos sola. Y en ese eco de voces que por fin se escuchan, hay una fuerza imparable que viene del amor, de la memoria y del deseo de que nunca más nadie tenga que callarse para encajar.
@ María José Luque Fernández
@ Imagen tomada de Pinterest



