Nadie vivía en la Casa Orlac desde hacía más de sesenta años.
Al menos, eso decía la gente del pueblo mientras bajaban la voz, como si las paredes aún tuvieran oídos. No era una mansión monstruosa ni una ruina teatral. Era una casa sencilla, vieja, sí, con su yeso resquebrajado y su jardín devorado por los cardos, pero nada en su aspecto explicaba el escalofrío que dejaba en el estómago.
Yo no fui por curiosidad. Fui porque no tenía dónde dormir.
Después de la muerte de Clara, todo se deshizo. Me echaron del trabajo tras meses de llegar tarde, mi familia ya no me contestaba el teléfono, y el apartamento terminó por tragarme como si fuera una tumba sin aire. Una noche cualquiera, con los zapatos mojados y el alma helada, vi la puerta de la Casa Orlac entreabierta, como una invitación.
Entré.
El aire dentro olía a madera vieja, a agua estancada, pero también… algo más. Como el olor de una ropa que aún guarda la esencia de un cuerpo ausente.
No había muebles. Solo espejos.
Cientos de ellos.
Colgados en las paredes, apoyados en el suelo, colgando del techo como estalactitas de cristal. Todos antiguos, manchados, rotos en los bordes.
Pero todos vacíos.
Me miré.
Nada.
Donde debería estar mi reflejo, solo había habitación, profundidad, una ausencia perfecta.
Pensé que era el cansancio, la fiebre, o el hambre. Dormí en el suelo, bajo un espejo redondo que colgaba sobre mí como un ojo sin pupila.
La primera noche escuché pasos en el piso de arriba. Lentos, medidos. Como si alguien arrastrara un pie. No subí.
La segunda noche, uno de los espejos comenzó a empañarse. Pero no hacía frío. No había aliento.
Solo una palabra escrita desde dentro del vidrio:
«Clara».
Y entonces recordé.
El accidente.
Las flores en el asfalto.
Su cuerpo a mi lado, los ojos aún abiertos.
Y el grito. El que no di.
La tercera noche, ella apareció.
No en la casa. En el espejo.
No como un fantasma. No como un monstruo.
Sino como era antes: Clara.
Con su abrigo rojo, su sonrisa rota y esa forma de mirarme que dolía.
Pero cuando hablé, ella no respondió.
Solo levantó la mano, y señaló algo detrás de mí.
Me di la vuelta.
Nada.
Pero al girar de nuevo hacia el espejo, ya no estaba yo.
Solo Clara.
Desde entonces, estoy aquí, dentro del cristal, mirando cómo ella se pasea por la casa, tocando los bordes de cada espejo, como si los limpiara para encontrarme.
A veces me habla, aunque no puedo oírla.
A veces llora.
Y otras, me da la espalda, y se va.
Y yo solo espero.
Porque ahora soy parte de esta casa.
Uno más de sus espejos vacíos,
@María José Luque Fernández
@Imagen tomada de Pinterest








