Tras haber visto el incidente durante el partido «amistoso» de España contra Egipto, en el que parte del público coreaba la frase «Musumán el que no bote», y los posteriores y controvertidos comentarios en las redes sociales, considero oportuno invitar a una reflexión al respecto.
Mi reflexión, no va dirigida al debate sobre la mayor o menor relevancia del hecho; ni sobre si la palabra «musulmán» debe ser considerada o no un insulto racista. Ni siquiera voy a internarme en la intrincada discusión sobre la «libertad de opinión». No entro en estos temas, no porque no los considere relevantes, que lo son…, sino porque considero imperativo atender a una mayor preocupación que a mi juicio requiere una atención más fundamental y urgente.
Esta preocupación es sobre el veloz proceso de deshumanización social con su correlato de pérdida de compasión y crecimiento de la intolerancia como actitud, y de la violencia como metodología de acción.
En este planeta, convivimos más de ocho mil millones de personas, más de ocho mil millones de intencionalidades diferentes que comparten espacio, tiempo y recursos…
Lógicamente, en ese entrecruzamiento de intenciones, necesidades e intereses, se dan acuerdos, pero también hay desacuerdos de mayor o menor magnitud.
Se han propuesto e intentado, en el tiempo, distintos ensayos de organización social para la supuesta mejora de la convivencia… y se han defendido estas intentonas con argumentos basados en «preceptos divinos», de «ordenamiento natural», «de defensa de derechos» etc…
Desafortunada y tristemente, muchas organizaciones políticas y religiosas (por ignorancia o por mala fe), han demostrado sobradamente no estar a la altura de los tiempos, habiendo contribuido en muchos casos al descontento y la fragmentación, del tejido social, quebrando los puentes con los demás y con uno mismo.
Las situaciones externas, derivadas de un sistema salvajemente competitivo y violento, que pretende desposeer a los seres humanos de su condición de «creadores y constructores de realidad» para convertirlos en meras prótesis de otras intenciones, han fracasado estrepitosamente en sus promesas y pretenden ahora (una vez perdida toda credibilidad) disciplinar y uniformar a la sociedad. Para ello, han de lograr primero orientar el descontento social hacia la busqueda de supuestos culpables, difamando y demonizando a los sectores más indefensos de la población.
Los «salvapatrias», envueltos en sus mesiánicos oropeles, pretenden tomarse la justicia por su mano, al margen de toda legalidad, promoviendo los discursos del odio y llevando la convivencia pacífica al borde de un abismo. Esa dinámica, fomenta una radicalización de las facciones que, creciendo consecuentemente, desencadenará agresiones y contraataques que seran aprovechados argumentalmente por los reales instigadores del conflicto. La exposición repetida a tal violenta compulsividad, acaba produciendo una incomunicación con el medio inmediato y con la propia interioridad, ahogando fatalmente la esperanza y sumiendo a millones de personas en un desencajado fracaso
Aunar la frustración resentida en fuerzas fácilmente manipulables, bajo un falso «hermanamiento de camaradería» que compensa la impotencia y la soledad, es una receta usada muchas veces en la historia por la monstruosidad.
Una vez aupados en el poder, los
lideres se desharán del molesto andamiaje usado hasta el momento y traicionarán y venderan a los embaucados (como hacen siempre los manipuladores enardecidos y violentos.
Nadie que fomenta el odio
está interesado en el bienestar
de su pueblo…
¡Bueno es lo que nos une!
El «Nosotros» saca lo mejor de cada uno…!
¡Malo es lo que nos separa,
lo que enciende el fuego del odio en el interior…!
Todos los que echan gasolina (sean de uno u otro bando) sobre un mundo que se incéndia facilmente, son enemigos de la felicidad y la libertad. Toda burla, degradación, discriminación y acoso sobre otras facciones, cercenan la resolución pacifica de los conflictos.
Hay que buscar soluciones que engloben a todos los afectados por el abuso y la injusticia.
No se puede excluir a los más débiles del reparto de las migajas
sino incluirlos en el propósito conjunto…
Recuerdo las palabras del maestro Silo:
«No habrá futuro si no es de todos y para todos…»
» Lo único que tenemos es los unos a los otros…»
No perdamos el tiempo discutiendo con quienes han caído en el resentimiento y hacen apología de la violencia y la venganza… mejor aprovechemos el tiempo dando señales claras y valientes para que los que apostamos decididamente por el amor y la compasión podamos detectar a otros que caminan en esa dirección y ser detectados por ellos.
Movámonos por regiones más altas y luminosas y no por oscuros laberintos sin salida…
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