Hoy en día, todo, absolutamente todo, se trata en terapia. Te peleaste con tu gato: al psicólogo. Te sentiste raro viendo una película de Disney: al psicólogo. Te dieron un abrazo que no pediste en segundo de primaria: ¡psicólogo ya!
Pero a veces —y solo a veces— sí hay cosas que merecen atención.
Por ejemplo, hay niños (y no tan niños) que pasaron por cosas feas, feas de verdad. Cosas que dolieron tanto que su mente, como si fuera una mamá gallina, los escondió bajo sus alas para que no vieran más. Y ese niño crece sin recordar. O mejor dicho: sin querer recordar.
Hasta que un día, ¡pum! Algo se activa. Un olor, una palabra, una canción, lo que sea. Y empiezan a venir cosas raras: confusión, tristeza sin razón, ansiedad con forma de mariposas locas en la panza. Como cuando intentas armar un rompecabezas, pero todas las piezas son del cielo y ninguna encaja.
El niño (que seguramente ya sea un adolescente con audífonos gigantes) intenta entender qué pasa. Pero en vez de recuerdos claros, solo hay caos. Nada tiene forma. Todo es bruma.
Y sí, en ese momento… quizás sí es buena idea ir al psicólogo. Porque el problema no es solo que olvidó. Es que al tratar de recordar, todo se desordena adentro. Como abrir un cajón lleno de cables viejos: uno de cargador Nokia, otro de auriculares del 2004 y ninguno sirve para tu celular actual.
Pero no es que esté roto. Es que su mente hizo lo mejor que pudo para protegerlo cuando era muy chico. Y ahora, que ya creció, necesita que alguien le ayude a ordenar ese cajón sin hacer cortocircuito.
Así que no, no todo necesita terapia. Pero algunas cosas sí. Especialmente cuando no sabes qué te duele, pero sientes que te duele algo.
Y si no es trauma… bueno, siempre queda hablarlo con el gato. Él también necesita terapia.
@María José Luque Fernández
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