En estos días de luces, villancicos y promesas de paz, conviene preguntarse dónde nacería Jesús de Nazaret si lo hiciera hoy. No en Belén, claro, porque allí ya no hay sitio ni para los pastores. Tampoco en un establo, porque los animales tienen más derechos que muchos seres humanos. Si Jesús naciera hoy, lo haría en una tienda de campaña bajo la lluvia, en la cuneta de una autopista, o en una lancha a la deriva en el Mediterráneo.
Su madre, María, sería una mujer migrante, sin papeles, sin cita previa, sin cobertura sanitaria. Su padre, José, un jornalero sin contrato, sin nómina, sin voz. Y el niño, ese niño que cambiaría el mundo, sería uno más entre los miles que no figuran en ningún censo, que no tienen pasaporte ni patria, pero que cargan con todas las fronteras.
No habría ángeles cantando, sino drones vigilando. No habría Reyes Magos, sino funcionarios de extranjería. No habría oro, incienso ni mirra, sino mantas térmicas, formularios y rechazo en frontera. Porque hoy, el milagro no es nacer, sino sobrevivir.
Y mientras tanto, los poderosos —esos Herodes modernos con corbata y despacho— seguirían dictando decretos para blindar sus palacios, mientras los débiles se agolpan en los márgenes, esperando que alguien les mire sin miedo. Porque si algo nos enseña esta historia es que el poder teme al amor cuando nace entre los pobres.
Jesús no nacería en una clínica privada ni en un hospital con vistas. Nacería en la periferia, en la exclusión, en la herida. Y lo haría rodeado de los que no cuentan, de los que no votan, de los que no salen en los anuncios navideños. Porque ahí es donde siempre ha estado el mensaje: en la dignidad de los últimos, en la ternura de los olvidados, en la resistencia de los que no se rinden.
Así que celebremos la Navidad, sí, pero sin anestesia. Porque si Jesús naciera hoy, lo haría en medio del ruido de las sirenas, del frío de la indiferencia, del silencio de los que miran hacia otro lado. Y aún así, nacería. Porque la esperanza, como la vida, siempre encuentra un hueco entre los escombros.
Y quizás, solo quizás, ese niño nos volvería a recordar que la verdadera salvación no viene de arriba, sino de abajo. De los que no tienen nada, pero lo dan todo. De los que no aparecen en los titulares, pero sostienen el mundo. De los que, como María y José, siguen creyendo que otro mundo es posible, aunque nadie les dé posada.
Feliz Navidad, si es que hay algo que celebrar.





